El 11 de diciembre de 2020 el núcleo de investigación y creación artística Emovere se reencontró, en el marco del proyecto de Laboratorios de Arte Colaborativo de la Dirección de Creación Artística de la Universidad de Chile, con colaboradores (pasantes, ex estudiantes de pre y postgrado) de las obras Emovere (2014-2015) e Intersecciones Frágiles (2018-presente) para conversar sobre las metodologías y los desafíos del trabajo colaborativo/interdisciplinario, así también como sobre sus experiencias profesionales vividas dentro del proyecto, tanto como la incidencia del proyecto en su pensamiento investigativo y artístico. Los invitados fueron Esteban Gómez (ingeniero en sonido, programador y músico; licenciado en Artes con mención en Sonido de la Universidad de Chile y Master en Música en Berklee College of Music), Isidora González (artista visual egresada de Artes Plásticas de la Universidad de Chile), Franco Mella (licenciado en Artes con Mención en Sonido), Sergio Núñez (licenciado en Artes con mención en Composición de la Universidad de Chile, Master en Composición Electroacústica y Performance en la Académie supérieure de musique de Strasbourg/Hear), Rocío Ortega (Ingeniera en Sonido de la Universidad de Chile) y Matías Vilaplana (licenciado en Artes con mención en Sonido de la Universidad de Chile, M.A en Artes Mediales en University of Michigan).
Remitiéndose a sus propias experiencias, los colaboradores singularizan el trabajo en Emovere como algo enriquecedor, del cual destacan la experimentalidad, el diálogo profesional, la retroalimentación disciplinar, el autoconocimiento y la curiosidad como componentes centrales de su quehacer artístico-investigativo. En ese sentido, la pregunta inicial de cada obra -tanto de Emovere como de Intersecciones Frágiles– se piensa, necesariamente, desde una metodología abierta y permisiva que posibilita/involucra una multiplicidad de puntos de vista en la resolución de problemas estéticos, técnicos, tecnológicos y/o procesuales.
Reunidos bajo un mismo propósito, aunque también sub-dividiéndose en equipos según la necesidad y etapa de las obras, lo/as practicantes negociaron, exploraron, intercambiaron y descubrieron otros lenguajes, metodologías, aparatos, materiales e incluso tecnicismos conceptuales y operacionales, los cuales permitieron elaborar soluciones de conjunto a desafíos compartidos o singulares: “había que pensar desde todas las aristas y ayudar en todo; nos tocó hacer montaje…estuvimos muchos meses trabajando en cómo ensamblar”, subraya, por ejemplo, Isidora.
De forma estimulante, al comprometer epistemologías, los tecnicismos conceptuales abrían ventanas a diversos modos de comprensión y de acción: por ejemplo, como señala Sergio desde el campo de la composición sonora, asimilar que la “tecnología no era un fin, era más bien un medio de expresión”, lo que implicaba diseñar considerando su pertinencia y conexión con los demás elementos y, sobre todo, con la pregunta global del proyecto, antes que ceder a la “pirotecnia de los efectos” o a su protagonismo solipsista.
Asimismo, al comprometer operaciones prácticas, aquellos tecnicismos constituían mecanismos depuradores para la precisión necesaria de procedimientos, dispositivos o maniobras: por ejemplo, para hacer funcionar la plataforma de sonido, un censor o “la interacción con el micrófono” apunta Sergio; para afinar “los sonidos [que hacía la bailarina] con respecto de los censores”, apunta Franco; o para la resolución del “problema de los deditos” (papeles móviles), ya en su arista electrónica, de color, forma o disposición en el suelo, apuntan Isidora y Rocío. En cualquier caso, aun siendo elementos de especialización, lejos de mostrarse como opuestos o irreconciliables, aquellos tecnicismos de nomenclatura y de operaciones terminaban comportándose como complementarios e indispensables, en el sentido de posibilitar -en conjunto- la construcción y movimiento de las piezas, a la vez que la interacción entre ellas. “Nos pusimos todos en situación de escucha y de observación del otro”, señala Sergio. Entonces, se hacía perceptible cómo el mecanismo global de funcionamiento y la trama más profunda de lecturas y significaciones que emergían de esa interacción, descansaba, en parte, en el circuito neuronal de aquellas nomenclaturas y operaciones particulares o mínimas.
De este modo, pensar la interdisciplinariedad al nivel concreto del que hablamos, implica ser conscientes de su presencia en el terreno de las palabras, denominaciones, modos y maniobras determinadas de los saberes comprometidos. En palabras de Rocío: “Yo estaba en una zona de confort con respecto al tema del sonido y cuando entré a colaborar dentro del proyecto de Emovere en Intersecciones Frágiles, me tuve que dar el trabajo y el tiempo de entender las demás disciplinas con las que estábamos trabajando; entender su lenguaje, sus tecnicismos”. Por su parte, Matías recuerda a “Francisca y a los demás bailarines poniéndose los censores, nosotros ayudándoles a ponerse los censores, enfrentados a un montón de distintos problemas con la tecnología y todos aprendiendo a comunicarnos entre las distintas disciplinas”.
Pero la interdisciplinariedad también implica ser conscientes de su presencia en los momentos de espera o “silencio” que se enfrentan cuando, en medio del trabajo colectivo, se debe esperar el arreglo de un aparato de otra pieza o que otro/a artista termine o ajuste su parte. Por lo pronto, en la experiencia de los pasantes, los momentos de espera se aprovechaban para pensar o rediseñar lo propio, si bien las interacciones sobrevinientes de los ajustes “ajenos” implicaba volver a revisar los avances propios. Se aprendió así que lo colaborativo sacude los límites taxativos entre las piezas y entre los ciclos creativos, y que un ocasional asincronismo, lejos de constituir un error o desperdicio metodológico, es una oportunidad consustancial a esa forma de trabajo. Por eso, Matías remarca lo relevante que fue “el juntarnos semana a semana e ir descubriendo entre todos qué era esta cosa que estábamos creando”.
Más aún, en esta forma de trabajo, la modificación de un fragmento -mecánico, estético o temporal- tiene alta incidencia en los demás, así como en los ritmos personales y compartidos. Por ello, Franco releva cómo debieron ir ensamblando las variaciones progresivas de cada subsistema: por ejemplo, “lograr que estas variaciones [en el sonido] fueran acorde con lo visual o lo sonoro”.
Ciertamente, la infinitud de los ciclos colaborativos, que se interrumpen más por razones burocráticas que puramente creativas, intensifica la experiencia personal de (la consigna que señala) que la práctica artística es infinita, o que la obra contemporánea se completa en la mirada del otro. Efectivamente, la vivencia de los pasantes apunta a que nunca se sabe del todo cuando la obra está terminada o madura para ser compartida, y que, más bien, se muestra para saber si funciona para los demás, entendiendo el montaje como un momento de retroalimentación y de revisita, en el cual también ocurren ajustes.
Por supuesto, los aprendizajes de la experimentación interdisciplinaria y colaborativa también inciden en los necesarios cuestionamientos introspectivos, tanto durante como después de la participación en el proyecto: ¿Qué papel juego -y qué aporte realizo- como joven artista o investigador/a de una disciplina particular, en el proceso de creación? ¿De qué manera la experiencia en el proyecto ha influido en mis concepciones sobre el desarrollo artístico y profesional? En este punto, sin clausurar las posibilidades, la experiencia en Emovere habilitó para abrirse, no sólo declarativa sino que mental y actitudinalmente hacia otras disciplinas, es decir, salir de lo conocido y experto (hacerse parte de los desafíos del/a bailarín/performer, del sonidista, del/a instalador/a, etc.), sirviéndose de las herramientas profesionales recibidas a la vez que evaluando sus limitaciones, lo que obligaba a buscar idiomas comunes entre formaciones que eran más prácticas o más teóricas.
La experiencia también puso en valor la curiosidad, la formación a partir del ensayo y el error, la realidad de que existen preguntas con varias respuestas y respuestas intervenidas por una multiplicidad de variables: “cada vez vemos que son muchos más aspectos los que influyen en las soluciones que hoy en día se están dando a problemas que pueden ser de ámbito tecnológico o artístico”, señala Esteban. Por otro lado, la experiencia en Emovere habilitó para abordar problemas multimodales, intensificados por tecnologías localmente novedosas, que exigen probar herramientas y enfoques distintos. Pero, tal vez lo más relevante, obligó a cuestionar las preguntas que cada cual intentaba responder desde su locus: ¿cómo respondo al espacio sonoro desde la perspectiva del cuerpo? ¿cómo defino el recorrido corporal y la expresión vocal dentro de la inmersión sonora? ¿O qué incidencia tiene la trayectoria del sonido, que es más física que sonora-instrumental, sobre una instalación y una performance con determinados movimientos y usos del espacio?
Finalmente, la experiencia Emovere tendría también, para los entrevistados (todos/as originario/as de la Facultad de Artes), una dimensión institucional a considerar. Y es que la oportunidad del proyecto radicaría justamente en realizar, de forma efectiva y horizontal, un núcleo artístico-investigativo con base en alianzas concretas y productivas entre disciplinas y departamentos de arte de la Universidad de Chile, que en lo cotidiano están menos vinculados de lo deseable. De allí que su condición de laboratorio colaborativo fue lo más reslatado por todo/as los entrevistado/as.
Por supuesto, al asumirse como activador de obras y reflexiones a las que “hay que llegar”, siempre en proceso de búsqueda, Emovere coopera como un catalizador de descubrimiento de intereses para los/as estudiantes, facilitándoles explorar antes que enfocarse solo en el resultado (como la partitura, la instalación, la coreografía, etc.), y poniendo en valor las improvisaciones, las acciones determinadas o descontinuadas, el proceso en sí. En un medio que cambia vertiginosamente, el dejar de lado las estructuras formativas más rígidas y comprobar el componente de liquidez de la creación e investigación artísticas, así como también de las jerarquías académicas, permite sobrepasar las formaciones estancas, sin desvalorar el necesario dominio de las trayectorias y corpus de conocimientos específicos. Se trataría de llenarse del saber de los demás, construyendo una experiencia que es más que un producto y que es más que un acoplamiento, pero que requiere también del conocimiento y la creación situadas y con historias propias.